BIOÉTICA Y SALUD MENTAL

REVISIÓN DE LA FUNDAMENTACIÓN DE LA METAFÍSICA DE LAS COSTUMBRES (IMMANUEL KANT)Capítulo II

Héctor Adolfo Montoya Padilla

Presentado el 26 de agosto de 2010 en el seminario de “La Filosofía Moral de Kant”, dirigido por el Doctor GUILLERMO HOYOS VÁSQUEZ. Maestría en Bioética P.U.J.

En este capítulo se establecen las diferencias entre la ley moral y la ley que se establece por una convención social. Se hace énfasis en los cinco imperativos que se enuncian a continuación:

I a. “Obra solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo en ley universal”.
I b. “Obra como si la máxima de tu acción debiera convertirse, por tu voluntad, en ley universal de la naturaleza”.
II. “Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca solo como medio”.
III a. “Obra como si por medio de tus máximas fueras siempre un miembro legislador de un reino universal de los fines”.
III b. “Obra según máximas que, al mismo tiempo, puedan tener por objeto presentarse como leyes naturales universales”.

Este capítulo plantea el tránsito de la filosofía moral popular a la metafísica de las costumbres, es decir, al conocimiento racional puro separado de todo lo empírico, señala Kant que conviene fundamentar primero la teoría de las costumbres en una metafísica y luego una vez adquirido suficiente firmeza, procurarles acceso por medio de la popularidad.

Todos los conceptos morales tienen su asiento y origen completamente a priori , en la razón y ello tanto en la razón humana más común, como el más altamente especulativa; no pueden ser abstraídos de ningún conocimiento empírico, y por tanto, contingente; en esa pureza de su origen reside precisamente su dignidad; la dignidad de servirnos de principios prácticos supremos.

Si el concepto de deber que se tiene ha sido obtenido a partir del uso común de la razón práctica, no debe inferirse, de ninguna manera, que se haya tratado como concepto de experiencia . Todo lo contrario: si se presta atención a la experiencia del hacer y omitir humanos se encuentran quejas por no haber podido adelantar ejemplos seguros de la disposición de espíritu de quien obra por el puro deber; se halla que aunque muchas acciones suceden en conformidad con lo que ordena el deber, por lo que siempre cabe la duda de si han ocurrido por deber, y, por lo tanto, de si poseen un valor moral.

Es imposible determinar por medio de la experiencia y con absoluta certeza un solo caso en que la máxima de una acción, por lo demás conforme con el deber, que haya tenido su asiento en fundamentos exclusivamente morales y por medio de la representación del deber.

Kant inicialmente admite, que la mayor parte de las acciones son conformes al deber; pero, al mirar de cerca los pensamientos y los esfuerzos, se tropieza por doquiera con el amado yo, que de continuo se destaca, sobre el cual se fundan los propósitos, y no sobre el estrecho mandamiento del deber que muchas veces exigiría la renuncia y el sacrificio.

Según Kant, tan solo con observar el mundo con sangre fría, es posible dudar en ciertos momentos -sobre todo cuando el observador es ya de edad avanzada y posee un Juicio que la experiencia ha afinado y agudizado para la observación- de si realmente en el mundo se encuentra una virtud verdadera.

La razón, por sí misma e independientemente de todo fenómeno, ordena lo que debe suceder y algunas acciones son ineludiblemente mandadas por la razón; el deber en general, antes de toda experiencia, reside en la idea de una razón, que determina la voluntad por fundamentos a priori.

La voluntad no es otra cosa que la razón práctica; la facultad de determinarse uno mismo a obrar conforme a la representación de ciertas leyes y esa es solo de seres racionales, solo un ser racional posee la facultad de obrar por la representación de leyes, esto es por principios, pues posee una voluntad. Kant entiende la voluntad no como lo que yo quiera hacer, sino como el DEBER SER, eso es lo que nos hace libres y racionales.

Por lo tanto, la ley moral está establecida a priori, está preestablecida en la razón de los individuos. Kant concluye que la voluntad es razón práctica. Pero para llevar a cabo la razón práctica de manera inmediata se usa el imperativo categórico. Ahora bien, para que éste pueda ser categórico, es necesario que sea universal. Debe de tener una aplicación universal para que sea válido.

Esta ley no puede ponerse en duda, es de tan extensa significación que tiene vigencia, no sólo para los hombres, sino para todos los seres racionales en general, no sólo bajo condiciones contingentes y con excepciones, sino de manera absolutamente necesaria; no hay experiencia que pueda dar ocasión a inferir ni siquiera la posibilidad de semejantes leyes apodícticas.

La ley debe de estar acorde con la ley moral, pues siempre será más cierta la ley moral que la ley por convención. No hay ningún verdadero principio supremo de la moralidad que no haya de descansar en la razón pura, independientemente de toda experiencia. Todos los conceptos morales tienen su asiento y origen, completamente a priori, en la razón, no pueden ser abstraídos de ningún conocimiento empírico, el cual, por tanto, sería contingente . Las leyes morales deben valer para todo ser racional en general, y de esta manera, la moral toda, que necesita de la antropología para su aplicación a los hombres, habrá de exponerse por completo primero independientemente de ésta, como filosofía pura, es decir, como metafísica .

Sólo un ser racional posee la facultad de obrar por la representación de las leyes, esto es, por principios; posee una voluntad. Como para derivar las acciones de las leyes se exige razón, resulta que la voluntad es razón práctica. Si la razón determina la voluntad, entonces las acciones de este ser, que son conocidas como objetivamente necesarias, son también subjetivamente necesarias, es decir, que la voluntad es una facultad de no elegir nada más que lo que la razón, independientemente de la inclinación, conoce como prácticamente necesario, es decir, bueno. La razón por sí sola no determina suficientemente la voluntad, la voluntad se halla sometida también a condiciones subjetivas que no siempre coinciden con las objetivas; la voluntad no es en sí plenamente conforme con la razón, y las acciones conocidas objetivamente como necesarias son subjetivamente contingentes.

Por lo tanto, la representación de un principio objetivo, constrictivo para la voluntad, es un mandato de la razón, y la fórmula del mandato se denomina imperativo. Toda la moral del ser humano se reduce a un solo mandamiento fundamental, nacido de la razón y no de la autoridad divina, a partir del cual se pudieran deducir todas las demás obligaciones humanas. Según Kant, las morales anteriores se basaban en imperativos hipotéticos, con lo cual no eran de obligado cumplimiento en cualquier situación y desde cualquier planteamiento moral, religioso o ideológico. Un imperativo hipotético llevaría a una acción en determinadas circunstancias (por ejemplo "si quiero el bien común, no debo cometer un asesinato"), de manera tal que quien no comparta la condición ("querer el bien común") no se ve obligado por esa clase de imperativos. Un imperativo categórico denota una obligación absoluta e incondicional, y ejercerá su autoridad en todas las circunstancias, ya que será autosuficiente y no necesitaría justificación externa.
Todas las ciencias tienen alguna parte práctica, que consiste en problemas que ponen algún fin como posible y en imperativos que dicen cómo pueda conseguirse tal fin. Éstos pueden llamarse, en general, imperativos de la habilidad. No se trata de si el fin es racional y bueno, sino sólo de lo que hay que hacer para conseguirlo.

Según Kant, hay un fin que puede presuponerse real en todos los seres racionales, el propósito de la felicidad. El imperativo hipotético que representa la necesidad práctica de la acción como medio para fomentar la felicidad es asertórico . Ahora bien, la habilidad para elegir los medios conducentes al mayor posible bienestar propio, se puede llamar sagacidad . Por lo tanto, el imperativo que se refiere a la elección de los medios para la propia felicidad es hipotético; la acción no es mandada en absoluto, sino como simple medio para otro propósito.

Por lo tanto, hay imperativos técnicos o de habilidad) (pertenecientes al arte), imperativos pragmáticos o de sagacidad (pertenecientes a la ventura, consejos o dicha) e imperativos morales (pertenecientes a la conducta libre en general, esto es, a las costumbres).

Pero hay un imperativo que, sin poner como condición ningún propósito a obtener por medio de cierta conducta, manda esa conducta inmediatamente. Tal imperativo es categórico. Este imperativo puede llamarse el de la moralidad.

El IMPERATIVO CATEGÓRICO es único, así:

“Obra sólo según aquella máxima que pueda querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal” ("obra sólo como si la máxima de tu acción fuera a tornarse por tu voluntad en ley universal").


Este Imperativo Categórico se entiende como: "mandato con carácter universal y necesario: prescribe una acción como buena de forma incondicionada, manda algo por la propia bondad de la acción, independientemente de lo que con ella se pueda conseguir. Declara la acción objetivamente necesaria en sí, sin referencia a ningún propósito extrínseco".

El Imperativo Categórico es un mandato volitivo moral a priori con carácter universal y necesario, es decir, es un obrar de acuerdo a un "deber ser" o "deber hacer", el cual es necesario y es universal sin estar condicionado a un objetivo particular, ni tampoco estar sujeto a leyes morales adquiridas a posteriori, ni guiada por el deseo o propósito.

Ahora bien, la voluntad es pensada como una facultad de determinarse uno a sí mismo a obrar conforme a la representación de ciertas leyes. Ahora bien, FIN es lo que le sirve a la voluntad de fundamento objetivo de su autodeterminación, y el tal fin, cuando es puesto por la mera razón, debe valer igualmente para todos los seres racionales. En cambio, lo que constituye meramente el fundamento de la posibilidad de la acción, cuyo efecto es el FIN, se llama MEDIO.

El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad; debe en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser considerado siempre al mismo tiempo como fin. Los seres racionales en su naturaleza se distinguen ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no puede ser usado meramente como medio, y, por tanto, limita en ese sentido todo capricho y es un objeto del respeto).

Por lo tanto, se enuncia el imperativo práctico, como sigue:

“Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio”.

Todos los fines tienen como característica que son algo a realizar; yo soy yo y no soy producto de un fin a realizar de otro, existimos independientemente de los fines de cualquier otro, nuestra existencia tiene valor absoluto (aquí Kant encuentra el motivo del imperativo categórico).

No tratar a los otros como meros medios, toda acción que hagamos siguiendo este postulado son leyes objetivas, las podemos aceptar como leyes de la naturaleza.

La relación entre los dos primeros imperativos es importantísima, una le da los motivos a la otra. Su resultado es que ninguna ley universal puede permitir la instrumentalización del otro.

Fin es aquello que sirve a la voluntad como fundamento objetivo de su autodeterminación y cuando es puesto por la mera razón tal fin debe valer igualmente para todos los seres racionales.

El fundamento de toda legislación práctica se encuentra objetivamente en la regla y en aquella forma de universalidad que la capacita para ser una ley, según el primer principio, mientras que, subjetivamente, tal fundamento se encuentra en el fin de la acción. Ahora bien, el sujeto de todos los fines, según el segundo principio, es todo ser racional como fin en sí mismo, de donde se sigue un tercer principio práctico de la voluntad:

“La voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora. ("Obra como si por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de los fines").

Por lo tanto, señala Kant que según este principio, han de rechazarse todas aquellas máximas que no pueden compatibilizarse con la propia legislación universal de la voluntad.

El concepto de todo ser racional, que por las máximas de su voluntad debe considerarse legislador universal para juzgarse a si mismo y a sus acciones conduce al concepto del reino de los fines.

Todos los seres racionales están sujetos a la ley de que cada uno de ellos de ellos debe tratarse a sí mismo y tratar a todos los demás nunca como simple medio sino siempre al mismo tiempo como fin en sí mismo. Entonces nace aquí un enlace sistemático con los seres racionales por leyes objetivas comunes, esto es, un reino que, puesto que esas leyes se proponen relacionar a esos seres como fines y medios, muy bien puede llamarse un reino de fines. Un ser racional pertenece como miembro a un reino de fines cuando forma parte de él como legislador universal , pero cuando se haya sujeto a sus leyes.

La moralidad consiste en la relación de toda acción con aquella legislación por la cual es posible un reino de fines. Pero esa legislación debe hallarse en todo ser racional y ha de originarse en su voluntad, cuyo principio es el de no hacer ninguna acción por otra máxima que esta:

“Tal máxima puede ser una ley universal y, por tanto, que la voluntad, por su máxima, puede considerarse a sí misma, al mismo tiempo, universalmente legisladora.

La necesidad práctica de obrar según ese principio, es decir, el deber, no descansa en sentimientos, impulsos e inclinaciones, sino en solo en la relación de los seres racionales entre sí, relación en la que la voluntad de un ser racional debe considerarse al mismo tiempo legisladora.

En el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, tiene una dignidad.

El principio de la autonomía no es más que elegir de tal manera que las máximas de la elección del querer mismo sean incluidas al mismo tiempo como leyes universales.